jueves, 18 de junio de 2009

Envases programados para autodestruirse


El Centro Tecnológico Ainia desarrolla envoltorios con microorganismos que los degraden tras su vida útil y nuevos aprovechamientos para residuos alimentarios

Entre las investigaciones que tiene en marcha el valenciano Centro tecnológico Agroalimentario Ainia destacan, por su implicación en las más modernas líneas de ahorro energético y respeto al medio ambiente, el desarrollo de una nueva gama de envases biodegradables, la utilización de microalgas para producir biogas y la catalogación y aprovechamiento de toda clase de materias agrarias que ahora son residuos problemáticos y, en cambio, pueden tener una segunda vida muy rentable, al tiempo que se reduciría su negativo impacto actual para deshacerse de ellas.

Los investigadores de Ainia están cerca de lanzar al mercado una generación de envases que podríamos denominar como "programados para autodestruirse".

Se trata de una novedosa aplicación de lo que se conoce ampliamente como la nanotecnología. Consiste, en síntesis, en introducir determinados microorganismos en distintos materiales, de los que se componen habitualmente toda clase de envases. La misión de esos microorganismos es la de acelerar el deterioro del material a partir de un cierto tiempo, para facilitar su dispersión en la naturaleza sin causar incidencias ambientales.

De esta manera se pude facilitar el uso y eliminación de toda clase de envoltorios y recipientes -habitualmente de plásticos o de cartón- que actualmente proliferan en los circuitos de distribución y comercialización de toda clase de productos, especialmente en el caso alimentario, donde crece la tendencia a dispensar envasados la mayor parte de los artículos.

Esta práctica en aumento de las cadenas de distribución comercial tiene su lado positivo, porque los envases preservan la higiene y la seguridad alimentaria durante el proceso de manipulación, además de aportar toda clase de comodidades en el trayecto desde la fábrica hasta la mesa del consumidor, pero también supone complicaciones añadidas, porque se multiplica la cantidad de envoltorios que hay que recoger y, sobre todo, que después hay que intentar eliminar, cuestión que no siempre es fácil.

Sabido es, además, que los plásticos tardan años en degradarse en la naturaleza, y que envases de otros tipos tardan muchísimo más tiempo, lo que constituye serios problemas. Basta ver lo que ocurre en toda clase de vertederos.

Con la tecnología que desarrolla Ainia, los envases harán su función durante su vida útil, algo más allá de lo que sea el periodo de caducidad de los productos que contengan, pero muchísimo menos de lo que tardan ahora en autodegradarse. Lo que, por ejemplo, dura ahora unos diez años, puede quedarse en dos.

Por lo que respecta a las microalgas, Ainia trabaja con especies que se alimentan de grasas y las convierten en biogas. De esta manera se consiguen dos logros: eliminar residuos grasos y tener un aprovechamiento energético. Quemando después el biogas se pueden mover turbinas y generar electricidad.

La idea de los investigadores de Ainia es la de establecer auténticas granjas con microalgas; grandes depósitos donde hacer trabajar a tope a estos microorganismos.

Por último, en la línea del aprovechamiento de residuos alimentarios se trabaja en materiales como los sobrantes de las almazaras de aceite de olivas, los de las fábricas de conservas de tomate o los de las uvas en el proceso de vinificación.

De las aceitunas se trata de obtener poderosos antioxidantes que se utilizan como aditivos en la industria alimentaria y en la farmacéutica. también se pueden aprovechar para ello las hojas del olivo.

En el caso de los tomates se busca el mejor modo de aprovechar su piel, que se desecha en el proceso conservero, para extraer el licopeno (otro poderoso antioxidante) y añadirlo a la conserva final. Resulta que durante los tratamientos de la pulpa de tomate para conservarla y envasarla, el calor destruye el licopeno que tiene. Pero como los tomates se pelan antes, se extrae el licopeno de la piel y luego se añade al producto, y así podremos tener toda clase de conservas y salsas de tomate ricas en dicho antioxidante, y además se puede utilizar para otros preparados. En el mercado se cotiza a más de mil euros el kilo.

De los residuos de las uvas también se obtiene una amplia gama de antioxidantes y aditivos alimentarios, como vitamina C y polifenoles.

La intención del equipo de Ainia que desarrolla estos trabajos es identificar el mayor número posible de residuos agroalimentarios aprovechables y valorizarlos para reintroducirlos en la cadena de utilización.

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